Azucar sin Sal

Azucar sin Sal

miércoles, 22 de julio de 2009

Y ella


Y ella bailaba al sonido del piano, deslizándose por el brillante piso de parqué ante la mirada de su único observador. Sus largas piernas ejercían un sin fin de movimientos con una armonía digna de Dios. Su blanco vestido hacia juego con las esculturas de hielo que había en el escenario, alumbrado por un reflector que la seguía solo a ella. El piano resonaba en cada uno de los asientos mientras el solitario observador seguía atento cada paso que daba. Era conciente que aquel momento sería el último instante en el que la podría observar. Ella pronto partiría volando al cielo, a un cielo lejano y distante en el que no era bienvenido. Sólo los ángeles y los dignos como aquella bella mujer que se deslizaba con gracia eran capaces de llegar. Aquel espectador contenía una lágrima que ya rebalsaba su mirada, pero se resistía a enturbiar aquel momento, su momento frente a ella, a su amor, a su único amor que bailaba sólo para él. No importaba que no se diera cuenta de su presencia, puesto que ella ensayaba para su entrada triunfal en el cielo, ese cielo que le pertenecía.
La tenía enfrente, tan radiante y majestuosa, tan llena de vida, de dulzura y de amor para dar. Sentía envidia hacia Dios, puesto que el pronto la tendría en su delante y se deleitaría con tan bella criatura, tan fina y agraciada. Qué celosos que se pondrían los ángeles al ver que una mortal se llevaría toda la atención de Dios, un Dios que ahora sólo tendría ojos para ella y nadie más.
Que tristeza la suya, al no poder contemplarla nuevamente y apreciarla en todo su esplendor.

Y ella volaba al ritmo de aquella sinfonía, moviendo cada parte de su frágil cuerpo, cayendo delicadamente sobre el piso parqué del escenario, sin hacer ruino, sin alterar al armonía de aquel instante sólo para volver a levantarse y acariciar el cielo con sus delicados dedos. Qué maravillosa criatura la que ejercía tan perfectos movimientos, con una destreza inigualable. No había nada que estropease su vuelo, sus cabellos permanecían intactos sin que pudiesen despeinarse, su rostro permanecía concentrado en su rutina, y cada extremidad conservaba el equilibrio de fuerza y delicadeza al momento de cada paso.
Era el último ensayo antes de su asunción al cielo, antes de verse lejos de esta tierra impura que no la merecía. Eran también los últimos instantes en que los mortales podrían ufanarse de tener a alguien tan perfecto dentro de su misma especie, aunque fueran totalmente diferentes. Ella sólo era digna de Dios, un Dios que no contaba el tiempo para tenerla en su delante. Y es que sólo ella podía hacer esperar al mismo Dios.

Pobre, pobre solitario espectador que se ve confinado en su silla a la expectativa de ver la asunción de tan bella criatura, sin poder hacer nada para impedir su partida, puesto que él no la merece ya que es un simple mortal, un mortal que no puede ofrecerle nada, nada más que su impura presencia, una presencia que pasa inadvertida en aquel último ensayo.

La sinfonía empieza a perderse en el sonido que ejerce el cielo que empieza abrirse de par en par, las trompetas de los ángeles resuenan a lo lejos mientras que el pianista se apresura en dar ya el final. Y ella continúa inquebrantable, sin darse cuenta de lo que ocurre a su alrededor, volando a través del escenario, mientras que su solitario espectador se pone de pie y la contempla por última vez, siendo conciente de la hora de partida, y maldiciendo dentro de sí su impura condición.

A llegado el momento final, la luz del reflector se comienza apagar y el sonido del piano se pierde por completo en la oscuridad del escenario. La bella criatura se detiene de pronto sin saber que la hora ya llegó, Dios se muestra sólo para ella en ese cielo inmenso que todo mortal sueña con alcanzar.

Ella levanta su mirada y contempla la majestuosidad del creador observando una sonrisa y una mirada afectiva. Dios había caído rendido ante ella y alcanzaba su mano para llevarla a la eternidad junto a él.

(….)

El silencio se ha roto, y una lágrima ha caído, los gritos de un mortal resuenan en el cielo, y es aquel solitario espectador que se manifiesta delante de la bella criatura y del mismísimo creador. No se resigna a perderla puesto que se ha dado cuenta que en él existe amor, un amor que es capaz de ganarle la pulsada a su propio creador. Se aproxima dando gritos, pero es ahí donde un ejército de ángeles lo detiene lo obliga a guardar silencio, y más de mil espadas lo rodean.

La bella criatura ya no miraba al creador, sino al pobre mortal que era detenido por ese ejército de ángeles que lo apuntaban con sus espadas, que sólo contando con sus lágrimas intentaba hacer frente a todos. Un nuevo grito copó todo el espacio y ese era el grito final de dolor del solitario espectador que caía atravesado por mil y una espadas, mientras las miradas eran puestas nuevamente ante la bella criatura a la espera de su asunción al cielo.

Pero ante la incredulidad de sus miradas incluyendo la de Dios, aquella bella criatura rehusaba dirigirse al cielo, y abriéndose paso ante el ejército de ángeles tomo el cuerpo del solitario espectador cobijándolo en su delicado cuerpo en el mismo instante que el pianista empezaba nuevamente una sinfonía esta vez sin final.


martes, 21 de julio de 2009

Aquel guitarrista


Cuando aquel guitarrista me dio ese último abrazo en aquella noche de fiesta y despedida supe que nuestras vidas se separarían a pesar de que siguiéramos siendo amigos. Al verlo caminar entre la multitud supe que el rumbo que seguiría aquel guitarrista era el camino que sólo unos cuantos pueden seguir realmente. Tomando su guitarra y colocándola en su espalda pude ver que ese instrumento era el único amigo que necesitaría en su delante. Poco importaban las palabras, las invitaciones, y las reflexiones sobre lo que le depararía la vida, nada era significativo al costado de su única pasión: la música.

Lo conocí cuando apenas era un púber lleno de anhelos y sueños, como un muchacho cualquiera. La música y la guitarra eran solo un pasatiempo más en su vida, hasta que una buena tarde de otoño entre el cansancio de una semana de estudios y el ocio de un fin de semana el destino lo uniría con su amigo más fiel: la guitarra.

Desde aquella tarde su vida no volvió a ser la misma, y es que ahora sí tenía un motivo para vivir y desenvolverse en la vida. Es así que sus manos se convirtieron en un instrumento para crear los más inimaginables sonidos, los cuales hicieron que quienes estuviéramos en contacto con el nos sintamos tocados por cada tonada de su guitarra. La música no fue mas el simple acompañamiento de un momento, sino que se convirtió en el sonido de Dios en nuestras vidas. El silencio nunca más fue visto como algo hermoso sino que se convirtió en un momento de tristeza y melancolía al no poder escuchar el sentimiento de un músico al contacto con su instrumento. Pero también, ese estilo de vida que empezaba a transformarlo lo llevó a dejar sus viejos hábitos, y es así como los partidos de fútbol con sus amigos, las tardes de hacer nada, y las caminatas eternas desaparecieron de su horario. El estudio, y el amor también fueron saliendo poco a poco de su vida hasta llegar al punto de no tenerlas presentes.
Quien es uno para controlar el destino de otra persona, por más cercana y querida que sea, quién puede adentrarse en la persona de otro y decidir por su destino o sugerirle algún otro rumbo.
La secundaria se diluía entre conciertos y ensayos, y ya las manos de aquel guitarrista se habían convertido en una extensión de la guitarra que llevaba a todos lados. No era una parte más de su vida sino era un miembro más de su cuerpo, de su ser.
Su vocabulario estaba conformado por partituras y letras de canciones, mientras que los recuerdos se perdían entre cada nuevo conocimiento musical. El hacerle compañía era sólo estorbarlo en su proyecto de vida, en sus metas a corto y largo plazo. Y fue así como entre despedidas de fin de año y de promesas de encuentro que aquel guitarrista se alejaba poco a poco de todos los demás, en silencio y entonando un conjunto de arpegios desolados cerraba su participación en la obra de nuestra vida junto a él.

Los días y meses transcurrieron sin saber de la vida de aquel guitarrista, perdido e inmerso en su mundo, entre aquellos arpegios desolados y notas musicales cual minutos en su vida. Sólo por breves momentos podía enterarme de qué era lo que hacía, pero solo eran esporádicos momentos para luego volver al sin saber de su paradero.

Siento en el alma el vacío que dejó, el saber que bajo el talón para muchos de sus amigos y quedándonos ahora solo el consuelo de poner PLAY en el disco de nuestra memoria y recordarlo a la distancia, sin saber cómo está realmente, porque a pesar que podamos entender que la música es su pasión y eso lo satisfaga, siempre las personas que lo estimamos nos preguntaremos si necesitará una palabra de aliento o un abrazo que lo reconforte en sus tristezas.
Cómo extrañamos oír los sonidos emitidos por su guitarra, cómo sentimos no poder observar sus gestos al tocar cada cuerda de su instrumento, pero por sobretodo cómo extrañamos saber que tenemos un amigo cerca de nosotros.

Es sabido que la vida nos conduce muchas veces lejos de las personas que estimamos, pero es también cierto que uno nunca termina de asimilarlo ni aceptarlo totalmente. Este post no es más que el recordatorio a un amigo que está siempre presente aunque su paradero sea desconocido, este post es para ese guitarrista que continúa con su camino rumbo al estrellato, a donde Erick, Jimmy y tantos otros han hecho delirar al mundo y por sobretodo llenarlo de un sentimiento que no se puede decir con palabras ni con gestos, sino sólo con verdadera música.

Hasta siempre Guitarrista.