Azucar sin Sal

Azucar sin Sal

lunes, 25 de enero de 2010

Disfruto


Disfruto sufrir al escribir este nuevo post, un post que justamente hablará sobre lo que es el disfrutar las cosas sencillas de la vida, aquellas cosas que pasamos sin percatarnos de lo encantadoras que puedan ser. Con ustedes Disfruto



Disfruto con cada paso que doy, porque sé que en el fondo avancé más que otros, porque tuve un momento de libertad al optar por seguir en este cuento que no me canso de escribir. Disfruto la aventura de avanzar o retroceder, porque tuve la valentía de tomar tal decisión.


Disfruto el besarte y tenerte entre mis brazos Yoyo, acariciarte suavemente mirarte a los ojos, sentir que estoy vivo, que puedo querer de verdad, que practico lo que millones de personas hacen todos los días, y que hasta hace poco sólo conocía en la teoría mas no en la práctica. Disfruto las horas en el jardín, las horas en el columpio que sube cada día más y que pronto ya tocara el cielo sin que este no sea el límite.


Disfrutro el no saber que vendrá mañana, el no saber la fecha de caducidad de mis relaciones de amistad, de amor, de entrega, mis relaciones por compromisos, etc. Disfruto el odiarte y marte al mismo tiempo el día de hoy el saber que mañana no seremos los mismo y que tal vez todo pueda cambiar. Disfruto el saber que mañana nos podremos pelear, y pasado mañana nos volveremos amistad. Disfruto el destino por más Hijo de Puta que pueda ser.


Disfruto el recordarte a pesar que no pueda nombrarte, porque me das la fortaleza en cada instante de mi vida, porque apareces una sonrisa donde no la hay, aceleras mis emociones y cargas de intensidad lo que hasta el momento parece inerte. Gracias por reavivar el amor que pueda sentir, la tristeza que creí olvidar. Gracias por ser la palabra inicial de mi léxico, por ser el punto de partida de mis creaciones, por ser el final de mis pensamientos.


Disfruto el pensar que soy un mortal más, por saber que al menos comparto una característica con mis enemigos, con quienes me odian, por parecerme un poco a quienes admiro, y por tener una semejanza con quienes me quieren a pesar que no comprenda el verdadero significado de aquella palabra.


Disfruto cada caída de la noche, porque es ahí donde puedo esconderme, buscarte y encontrarte, mirarte a la distancia y saber que aún estas aquí. Disfruto el verte a pesar que no lo sepas y desearte en secreto.


Disfruto el extrañarte y aborrecerte por eso, ya que descubro lo necesaria que eres en mi vida. Disfruto el darme cuenta que no hay tiempo que me impida quererte Olivia, y por el contrario disfruto esa sensación de calidez que nace producto de los lugares que nos unieron en medio del asfalto de una ciudad en la que el olvido reina.


Disfruto el ver como creces pequeña niña, disfruto el verte convertida en una mujer decidida, en una mujer libre que goza de su vida y que se encuentra en la plenitud de la misma. Disfruto el contemplar cómo te desenvuelves entre el barullo del diario transitar, tú tan esplendorosa y radiante. Quien te vio pequeña niña, tan tímida y atemorizada por una ciudad nueva, y quien te ve ahora, grande y esbelta, realizada y con un largo trecho por el cual desenvolverte.


Disfruto el saber que continúan caminando conmigo, aquellos 106 más lo que llevo en mi corazón. Disfruto saber que todos avanzan sin importar las dificultades, y por el contrario, disfruto más al observar que se enriquecen en su persona aprendiendo de los errores y añadiendo las virtudes de quienes los rodean. Disfruto aún más cuando cruzamos por un momento nuestro camino y nos sonreímos mientras pasamos delante del otro. Nada volverá a ser igual pero disfruto creyendo que algún día tal utopía ser pueda hacer realidad.


Disfruto el saber que he podido aprender a alguien sin importar las causas y las consecuencias, que puedo no pensar en el mañana y lo que traiga consigo. He aprendido a gozar del momento a sentirme libre y dichoso de lo que tengo y lo que no.


Disfruto el saber que soy inmortal mientras escribió, que hago perdurar un momento en el tiempo. Disfruto saber que vivo para algo, y que se algo me llene por completo. Disfruto el amanecer rodeado de papeles y lápices que me piden ser partícipes del orgasmo de escribir, de calar en el vacío una palabra, una idea, una expresión de la vida. Disfruto bañarme de la tinta y el carbón y de secarme con los versos sobrantes que esperan participar en otro momento.


Disfruto este verano que se asemeja al invierno, ya que vivo la alegría que nace producto de la temporada y me consuelo con la ternura del frío que se hace presente sabiendo que no es su lugar ni tiempo.


Por último, disfruto saber que termino el día sabiendo que tengo alguien en quien pensar, alguien a quien valorar. Disfruto saber que me levantare mañana pensando en esa persona o en esas personas que me hacen ilusionarme con el día y hacer que disfrute la vida.


Disfruto saber que disfrutaste con lo que acabas de leer.


lunes, 11 de enero de 2010

Despedidas


Para quien inspiró el seudónimo de MEGES. Porque te acompaño a pesar de ser uno más.


Porque todo en la vida lleva impreso un sello que indica la fecha de caducidad.
Todo es perecible, frágil ante las tempestades de la vida, ante el paso de los
días, de los meses y de los años. Todo se desvanece en un horizonte que se
agiganta a la espera de llevarnos a nosotros también. El fin es nuestro puerto,
y el olvido nuestro destino.

Porque te despido hoy mi querido y entrañable amigo. Te despido no entre lágrimas, pero tampoco no otorgándote la sonrisa que mereces. Mi rostro sólo es un indefenso lienzo en blanco que se resiste a ser pintado por el barbón que tú y yo conocemos. Quisiera decirte unas palabras, quisiera implorarte que no te vayas, quisiera darte ánimos y alentar su decisión de partir por un destino mejor. Lamentablemente mi viejo y gran amigo, no puedo hacerlo. Mis labios se juntan e impiden que mi boca promulgue un discurso del cual muy probablemente me arrepienta más tarde, cuando tú ya no estés más acá.

Sólo quisiera que me volvieras a hablar para decirte cuánto te aborrezco. Cómo quisiera que te volvieras a mí para decirte con suavidad que significaste la decepción más grande y dolorosa para mi persona. Cómo quisiera que recordaras que aún existo en esta vida, y me buscaras. Al encontrarme, cómo quisiera decirte que detesto aquel día en el que nos conocimos.

La tarde es soleada en el día de tu partida. Quizá esta sea la mejor atmósfera para enmarcar el momento. Tu único acompañante te espera en la sala de embarque. Ella me sonríe tibiamente a la distancia, seguramente impacientada por tu demora mientras observa a la distancia nuestros cuerpos dispuestos en un ángulo peculiar, parados en medio del silencio que existía entre los dos. En medio de dicha escena, los demás pasajeros avanzan a paso lento mientras nos damos cuenta que ese punto final se ha enmarcado en nuestros pensamientos, y en nuestra conversación. Nos contemplamos una vez más, y conteniendo las palabras nos damos un último apretón de manos.

Tu figura se trasluce por las paredes de mi habitación, tu reflejo aparece en las resquebrajadas lunas de mi ventana. Tu rostro se ve diáfano a pesar de los obstáculos que intento colocar inútilmente. Cada mañana despierto con la desventura del saber que continúo pensando en ti, que todavía permaneces instalada en cada pensamiento, en cada actividad del diario. Pero a pesar de todo ello, puede tener la certeza, la convicción de decirte que No volveré mañana, no, pasado tampoco. No me preguntes por el mes siguiente ni mucho menos por el año que vendrá. La palabra década parecerá poco, y el siglo se quedará corto. El futuro se avizorará lejano y el jamás no alcanzaría para cubrir esta distancia. Tu piel no volverá a pasar por mis manos, y tus preocupaciones dáselas a quien se encuentre a tu costado. No preguntes por mí, a pesar que de cuando en cuando yo lo haga por ti. No me pidas explicaciones, ni mucho menos preguntas que no pueda dar.


Entonces te veo partir, y en cada paso que das un recuerdo me susurra lo mucho que significaste en mi vida. Te alejas, y contigo se van los mejores años, los mejores pasajes de un libro que continúa escribiéndose y una obra que sigue su curso sin uno de sus más queridos personajes. Te vas, y ahora no se nota el blanco y negro de la escena que presencio. Te vas ante la impotencia que siento al no poder hacer un pacto con el tiempo para lograr que te quedaras un minuto más.
Me diste un apretón de manos y esperabas que nos encontráramos de nuevo en esta vida. Sin embargo tu deseo queda sólo en eso justamente, unas palabras eclipsadas por la desolación que significa perdernos por el horizonte del mañana. Por la incertidumbre de qué haremos y cómo terminaremos realizándonos como personas. Tú, un hombre que ya cursa la barrera de los treinta, y yo un adolescente que se convierte en hombre, aunque no sepa aún las dificultades de la vida.

Lamento haber sido una decepción. Me entristece saber que esperabas algo más de mí, como amigo, como persona. Te pediría un porqué a tu alejamiento, a tu frialdad a la hora de tratarnos personalmente, o por medio del teléfono. Tu tono de voz nunca volvió a ser el mismo de aquel noviembre donde celebramos un aniversario más de amistad. ¿Hablar de nuevo? No gracias, es en vano. Cuántas veces lo hicimos, cuántas promesas dimos en aras de un sentimiento que perduré más allá de los tiempos, más allá de las distancias. ¿Desear volver a escuchar tu voz? Lo lamento pero ya olvide cómo era.

No habrán cartas de por medio, mucho menos postales del lugar donde estemos. Tan solo quedarán los recuerdos esporádicos de qué será de nuestra vida, y del cómo nos encontraremos. Los años y las tempestades nos cambiarán, nuestros ojos observarán con tristeza las intransigencias de la muerte que nos rodea, del olvido que atrapará a más de uno de nuestros seres queridos. Al mismo tiempo, también observaremos con nostalgia los Deja vu que nos traerán de vuelta los momentos con nuestros seres queridos, con nuestras viejas pasiones.
Más tarde, cuando ya estemos en el lecho de nuestra muerte, de esa siesta de la cual no despertaremos, nos recordaremos por un instante pensando en qué fue del otro.

En cada diámetro de mi piel, están inscritas las llamadas que no respondiste, o no quisiste contestar. En mis retinas se vislumbran todavía las visitas que nunca realizaste en desmedro de una espera que continúa hasta hoy. Una espera que perduró gracias a la esperanza que se acuñaba en un deseo de verte nuevamente y saber que estabas ahí, y todo esto no era más que una simple molestia. Lamentablemente nunca retornaste por el umbral de aquella puerta que hasta el día de hoy siempre estuvo abierta para ti.

Ya no estaré para reclamarte un cariño, mucho menos una atención para ese tiempo, en el cual me recuerdes intempestivamente. Ya los puntos suspensivos que trataba de ponerle a nuestro breve relato se habrán convertido en un seco y cortante punto final. A pesar del término que aparentemente se vislumbra escrito, podrás darte cuenta de la ternura y el dolor con el que está impregnado aquel punto. Sin importar la oscuridad de su color, los mil trazos del que este compuesto para intentar captar tu atención sabes que en el fondo de aquella oscuridad se encuentra el umbral de aquella puerta que permanece abierta esperando a que te aventures a penetrarla, vuelvas a la estancia que te espera eternamente, intentado recobrar aquello que nunca se debió borrar.

viernes, 1 de enero de 2010

Todos somos


Todos somos lo que ayer añorábamos ser. Todos somos lo que algún día despreciamos, lo que en el pasado veíamos como una muestra de decadencia y del más profundo rechazo. Hoy, todos somos justamente eso, la conformación entre el ideal del hombre perfecto y el reflejo de la escoria de la sociedad. Hoy todos somos aquel hombre o mujer sin rostro que es sinónimo de repudio o de éxito. Hoy todos somos aquel cúmulo de habladurías de quienes nos conocen a cabalidad o simplemente de aquellos que hablan por la primera impresión. Hoy, por fin nos vemos como el lienzo terminado por aquel timorato pintor inexperto que temía por su obra terminada. Hoy nos vemos desnudos ante el escenario de la vida, de aquella vida que se nos muestra rauda, feroz e intimidante. Hoy nos mostramos ante aquella vida deslumbrante, llena de amor, de amistades, de sorpresas, de ilusiones y sueños que aparecen tras cada minuto de vida.


De un momento a otro nos convertimos en aquel hombre o mujer que nunca pensamos ser, nos vemos frente a nuestro pasado incrédulos por el cambio. Le preguntamos a Fulano y a Mengano si hemos cambiado, si somos mejor o peor persona de la que éramos hace solo un instante. Nos importa las impresiones de los demás, saber cuanta aceptación o repudio podemos generar. Queremos tranquilizar nuestro ego y calmar nuestro “buen concepto” sobre lo que somos en realidad. Luego nos cuestionamos acerca de las personas a las que le preguntamos por nuestra manera de ser. Reflexionamos sobre quienes son. Los juzgamos, recordamos, inventamos, y finalmente calificamos. Entonces decimos: Pensar que antes era aquel mi mejor amigo/a. Cómo imaginarme que aquella frívola y egoísta mujer, que aquel petulante, inmaduro e impávido hombre fuese la persona a quien le confié y con quien compartí los momentos más trascendentales de mi vida.


Cómo pensar todo aquello.


Es entonces que la impotencia se apodera de uno, los sentidos se nublan, la mente comienza a deteriorarse, los recuerdos van y vienen formando una cruenta laguna mental de la cual emanan los actos de hoy. De pronto se habla y escribe por despecho, por enfado, por odio, por ira, por rencor y tristeza, Pues uno se halla en un sitial de confusión, de incredulidad al verse convertido en lo que antes uno repudió y ahora era. Preguntamos al vacío en qué momento cambié, y le imploramos al tiempo que nos recuérdame en que momento los demás cambiaron