
Sus manos aún tenían el perfume de aquella última mujer a la que había amado. Además, tenía impresa en cada una de sus huellas el rostro de la carne de aquella única mujer a la que había amado, y justamente era aquella mujer la única persona que le había dicho lo importante que era en su vida. Habían pasado solo unas horas desde aquella pérdida en el café. No se trataba de un sueño, menos de una fantasía o una pesadilla, era la cruda verdad, aquella verdad que por más buena o mala que fuera, le permitía experimentar lo que nunca había abordado en sus cortos veinte años. Es así, como se encontraba parado en la esquina que colindaba con una florería que se encontraba cerrada, donde podía observar a la distancia como dos rosas se marchitaban a la par que unos bellos tulipanes que no habían logrado ser vendidos a pesar de encontrarse en remate. Sin embargo, justo en ese preciso instante, divisó en la oscuridad de aquella tienda un rostro que le era conocido, un rostro que le era muy familiar.
Pasando la media noche una brisa desvelaba su rostro, haciéndolo despertar en medio de la penumbra de su habitación. El sueño que había gestado minutos antes no le había podido durar el tiempo que hubiera deseado, y es que contando esa noche eran ya tres las semanas del cruento insomnio que lo asolaba.
Abriendo sus ojos inyectados de un rojo solo comparable con el fuego del infierno que lo consumía en sus pesadillas, aquel hombre maldecía su infortunio.
A pesar de los minutos en los que había podido hilvanar un poco de sueño, había conseguido avizorar la escena de la florería en medio de la tempestad.
La mañana trajo consigo la continuación de la noche más larga que había vivido, confuso y timorato se sacó de encima las sábanas que lo cubrían, y poniéndose lentamente de pie contempló que en su habitación no habitaba nadie más a excepción de su persona y de los miedos que lo acompañaban.
Caminando meditabundo atravesó a paso lento las cortas dimensiones de su recinto hasta depositarse al pie de un bizarro espejo. En él, sólo podía apreciar leves trazos de su persona que se perdían entre la confusión del reflejo que observaba. No lo entendía, tampoco quería intentarlo. Levantando una vez mas su rostro para verse por última vez en el espejo, contempló la presencia de Fiorella se erguía incólume al pie de las figuras de tantas otras mujeres que había pasado por una tarde o una noche en su vida. Sus ondulados cabellos atrapaban las desilusiones del ayer y los cubrían con el castaño de su tonalidad. Su estatura y esbelta figura contrataban con la pequeñez de su presencia que cubierta con harapos la veía en la distancia.
- Cómo no te conocí ayer- dijo con voz suplicante, esperando una respuesta sincera y no un simple cliché.
Ella mirándolo tiernamente no le respondió, quizás intuyendo lo que podía pasar si pronunciaba las palabras que se instalaban en su pecho hacía ya varios meses, desde aquel enero en el que se conocieron. Un enero que meses atrás se había convertido en un opaco y frío julio que ya se tornaba un intransigente diciembre sin que pudieran quererse realmente.
Un fuerte golpe azotó la ventana de su habitación haciéndolo despertar de repente. Era la segunda vez dentro de aquella noche tan larga en la que había logrado conciliar el sueño. Lamentablemente dicho sueño sólo trajo consigo una confusión más para su ya complicada vida.
Saliendo resignado descendió a través de las escaleras del edifico número 716 rumbo al encuentro con la cordura, el sentido y la razón. El día era húmedo y se sentía el olor a tierra húmeda en la atmósfera proveniente de los jardines y parques aledaños. Las personas que caminaban a lo largo de la calle llevaban sus abrigos, desguarneciéndose del frío que pudieran sentir en aquel momento, pero él no, sólo con un viejo y desteñido polo contemplaba los cafetines semivacíos de la avenida Larco, que usualmente se encontraba abarrotada de pintorescos personajes. El motivo de su poca convencional forma de vestir ante ese clima adverso era quizá el deseo de experimentar una situación real y no solo las distorsiones de su traicionera mente.
Entre el vaivén de sus pasos Cordura pasó presurosa por su costado rumbo hacia el Boulevard del fondo de la calle, sin siquiera verlo de reojo. Apesadumbrado por lo ocurrido aquel hombre continuó caminado sin guía por las aceras buscando encontrar sentido luego de su noche con aquella mujer de la cual no recordaba el nombre y de Fiorella.
Sentándose en una banca intentaba darse un respiro, la caminata no estaba dando frutos y por el contrario, sólo conseguía confundirlo aún más luego de ver a la Cordura y a la Razón correr lejos de él. Porqué maldita razón había tenido que volver a soñar con aquellas mujeres que nunca fueron más que una simple ilusión en su vida, no había explicación, todo este tiempo había escapado de las garras de las suposiciones, de los tal vez.. en todo este tiempo había conseguido vivir algo real con aquella única mujer que lo había amado de verdad.
Inmerso en un mar de angustia y confusión propia del más correcto personaje kafkiano, un hombre decidió amablemente colocar un cartel al costado de aquel hombre. Dicho cartel tenía grabado un contundente e impactante CONTINUARA.
Pasando la media noche una brisa desvelaba su rostro, haciéndolo despertar en medio de la penumbra de su habitación. El sueño que había gestado minutos antes no le había podido durar el tiempo que hubiera deseado, y es que contando esa noche eran ya tres las semanas del cruento insomnio que lo asolaba.
Abriendo sus ojos inyectados de un rojo solo comparable con el fuego del infierno que lo consumía en sus pesadillas, aquel hombre maldecía su infortunio.
A pesar de los minutos en los que había podido hilvanar un poco de sueño, había conseguido avizorar la escena de la florería en medio de la tempestad.
La mañana trajo consigo la continuación de la noche más larga que había vivido, confuso y timorato se sacó de encima las sábanas que lo cubrían, y poniéndose lentamente de pie contempló que en su habitación no habitaba nadie más a excepción de su persona y de los miedos que lo acompañaban.
Caminando meditabundo atravesó a paso lento las cortas dimensiones de su recinto hasta depositarse al pie de un bizarro espejo. En él, sólo podía apreciar leves trazos de su persona que se perdían entre la confusión del reflejo que observaba. No lo entendía, tampoco quería intentarlo. Levantando una vez mas su rostro para verse por última vez en el espejo, contempló la presencia de Fiorella se erguía incólume al pie de las figuras de tantas otras mujeres que había pasado por una tarde o una noche en su vida. Sus ondulados cabellos atrapaban las desilusiones del ayer y los cubrían con el castaño de su tonalidad. Su estatura y esbelta figura contrataban con la pequeñez de su presencia que cubierta con harapos la veía en la distancia.
- Cómo no te conocí ayer- dijo con voz suplicante, esperando una respuesta sincera y no un simple cliché.
Ella mirándolo tiernamente no le respondió, quizás intuyendo lo que podía pasar si pronunciaba las palabras que se instalaban en su pecho hacía ya varios meses, desde aquel enero en el que se conocieron. Un enero que meses atrás se había convertido en un opaco y frío julio que ya se tornaba un intransigente diciembre sin que pudieran quererse realmente.
Un fuerte golpe azotó la ventana de su habitación haciéndolo despertar de repente. Era la segunda vez dentro de aquella noche tan larga en la que había logrado conciliar el sueño. Lamentablemente dicho sueño sólo trajo consigo una confusión más para su ya complicada vida.
Saliendo resignado descendió a través de las escaleras del edifico número 716 rumbo al encuentro con la cordura, el sentido y la razón. El día era húmedo y se sentía el olor a tierra húmeda en la atmósfera proveniente de los jardines y parques aledaños. Las personas que caminaban a lo largo de la calle llevaban sus abrigos, desguarneciéndose del frío que pudieran sentir en aquel momento, pero él no, sólo con un viejo y desteñido polo contemplaba los cafetines semivacíos de la avenida Larco, que usualmente se encontraba abarrotada de pintorescos personajes. El motivo de su poca convencional forma de vestir ante ese clima adverso era quizá el deseo de experimentar una situación real y no solo las distorsiones de su traicionera mente.
Entre el vaivén de sus pasos Cordura pasó presurosa por su costado rumbo hacia el Boulevard del fondo de la calle, sin siquiera verlo de reojo. Apesadumbrado por lo ocurrido aquel hombre continuó caminado sin guía por las aceras buscando encontrar sentido luego de su noche con aquella mujer de la cual no recordaba el nombre y de Fiorella.
Sentándose en una banca intentaba darse un respiro, la caminata no estaba dando frutos y por el contrario, sólo conseguía confundirlo aún más luego de ver a la Cordura y a la Razón correr lejos de él. Porqué maldita razón había tenido que volver a soñar con aquellas mujeres que nunca fueron más que una simple ilusión en su vida, no había explicación, todo este tiempo había escapado de las garras de las suposiciones, de los tal vez.. en todo este tiempo había conseguido vivir algo real con aquella única mujer que lo había amado de verdad.
Inmerso en un mar de angustia y confusión propia del más correcto personaje kafkiano, un hombre decidió amablemente colocar un cartel al costado de aquel hombre. Dicho cartel tenía grabado un contundente e impactante CONTINUARA.


















