Azucar sin Sal

Azucar sin Sal

domingo, 14 de octubre de 2012

Hey, Lu



Silencio.

De puntillas, con sus suaves y pulcras ballerinas,  ella entró acariciando a los respetados tabladillos que hacían fila, uno detrás de otro, para sentir su presencia. En todos sus años, estas longevas maderas de caoba y ébano,  no habían tenido la oportunidad de recibir y confortar a tan bella mortal, que se deslizaba por el espacio con tal armonía que obligaba al tiempo a detenerse para evitar perderse un solo instante de su gracia.

De pie.

Dentro de un armónico silencio, sus piernas comenzaron a tomar velocidad al mismo tiempo que sus largos brazos se extendían tratando de alcanzar a un imperceptible acompañante. Con la mirada fija en un punto indeterminado en el vacío, ella exhibía una determinación inigualable para un soldado espartano.  La fuerza y elegancia de sus movimientos marcaban cada uno de sus músculos, estilizando aún más su figura. El sudor que brotaba por sus poros se asemejaba al roció de una mañana de octubre en Lima, dándole un brillo solo semejante con la luna llena.

Contemplación.

No veía sus alas pero su cuerpo se elevaba y alcanzaba a los cielos, que se descubrían para contemplarla.  La noche la arropó y le dio un traje elegante que fue captado por los flashes de las estrellas, que cubrieron su espectáculo ante mi atenta mirada.

Silencio.

Su vuelo se interrumpe y cae lentamente como una pluma, una pluma que esconde su procedencia y se transmuta: es fuego, es niebla, es hielo, es ella. Cae y acaricia a los tabladillos, los mismos que se congracian por el honor del cual son objeto.

De pie.

Se levanta, se esconde en sí misma para volverse a descubrir. Ella disfruta darle vida a cada extensión de su cuerpo, por eso sus manos se alzan y sus pies las acompañan. Sus pechos se inflan y se prestar a amortiguar una posible caída. Ha vuelto a volar, dejándose suspender por una suave brisa, la misma que trae consigo su aroma, un aroma que eriza los vellos de mis brazos, los cuales no creen que las maravillas están al roce de su mano.

Silencio.

Le gusta sentirse sola, poco afligida y taciturna porque después la compañía suele ser más deliciosa y gratificante que en los otros casos. Así, danza para sentirse liberada en cuerpo y alma. Es una danza de dolor ciego,  silencioso, imperceptible. Sus dedos, su pelo, su cuerpo, mi cuerpo, se convergen en un caos que explota, muta en mis pupilas y me lleva a la eternidad. Con un vago recuero de su obra, vuelvo a la mía: entro al teatro, me pongo el traje que me corresponde y recorro los mismos tabladillos que la acogieron a ella, espero a que se levante el telón y…




Fotografía: Luciana Gonzales-Polar