
Porque no se lo que es dar vida, porque aún no conozco el valor que existe en una persona. Sólo soy un ignorante que pretende vivir creyendo que es bueno, cuando no es más que un bueno para nada.
Y porque la literatura permite crear un mundo paralelo al de la realidad, en el cual ésta se mezcla con la mentira creando expectativa en el lector, quién no sabe al final qué es mentira y qué es verdad. Porque es lo maravilloso de acto de escribir, desahogar lo que uno siente de diversas maneras, maquillando el odio y ocultando bajo un velo la felicidad.
Cuando uno siente tanta rabia e impotencia es difícil guardar silencio. Cuando uno llega odiar a quien te da la vida, esta misma no tiene sentido.
Y cuando la vida no tiene sentido cabe preguntarse el porqué tuvo que ser así..
Ese viejo de ayer, que hoy sobrepasa los sesenta años, me dio la vida hace dieciocho. Sin presagiarlo me trajo al mundo, dándome la oportunidad de vivir, de crecer, de sentir cariño, y principalmente de sentirme importante. Cumplió cada uno de los tantos caprichos que un niño pueda tener: juguetes, ropa, un hogar, un detalle con cada regreso a casa y un beso al acostarme en las noches. Lamentablemente nunca pudimos compartir una tarde de juegos, pues desde que tengo uso de razón el ya sufría del corazón, lo cual le impedía realizar esfuerzos físicos, pero a pesar de ello no le importaba pararse y verme a lo lejos jugar y darme una sonrisa que me hacía continuar hasta cansarme pidiéndole por favor que me pueda cargar e ir casa. Una sonrisa tímida y el brilló en su pelada me hacían reconocerlo a lo lejos cada tarde que esperaba su regreso, seguidamente de su llamado con voz llena de ánimo que me decía: Pájaro loco, ¿qué tal te ha ido?
(….)
Sin embargo, ese viejo de ayer nunca pudo ser mi héroe, nunca pudo ser motivo por el cual me sintiera orgulloso, y por el contrario los momentos que más recuerdo junto a él, son solo una sinfonía perteneciente a la marcha más fúnebre. Sino, cómo olvidar la tarjeta de cumpleaños que rompí en su delante por motivos que ahora no recuerdo; o también cómo olvidar la nota que le escribí “maldiciendo” a su equipo de fútbol cuando este el ganó al mío; o por citar algún otro ejemplo cómo olvidar mi llanto y recriminación por la cicatriz que tengo en mi rostro, al ser en parte el causante de ello al no tener un área de trabajo adecuada dónde trabajar.
Es injusto reclamar por circunstancias superficiales, o por accidentes del destino que no tienen culpables, pero cómo evitar el rencor, y encapsular todos esos malos recuerdos cuando en el día a día las asperezas con ese viejo de ayer salen a flote y no hacen más que incrementar la cólera que pueda sentir hacia él. Pero también cómo poder ser indiferente ante la partida de los padres de mis amigos, de las personas que me rodean, quienes sufren ante su partida, y lamentan el no poder estar más tiempo con ellos. ¿Es acaso que la indiferencia puede calar tanto en una persona al punto de no sentir remordimiento ante lo que le invade?
Cómo lamento hoy ver a ese viejo de ayer tan derrotado, tan envejecido en sus decepciones, en sus emociones cargadas de ira en contra de la vida. Cómo lamento no tener esa guía que muchos tienen, pero a la vez cómo puedo dejar de agradecerle a la vida por mostrarme un ejemplo que me enseñe cómo no ser en el futuro.
Todos los días ese viejo de ayer toca mi puerta, y sin esperar mi respuesta se adentra en mi habitación, postra su mirada en donde me encuentre e intenta darme un beso y un abrazo. Cada vez que ese viejo de ayer se adentra en mi habitación mi mirada se ensaña contra él, su voz perturba cada órgano de mi cuerpo y causa un fastidio en la atmósfera. No vale la pena preguntar como le fue, ya que la respuesta será siempre la misma: nada hijo, el día estuvo mal. Para qué valen las preguntas si las respuestas ya están prescritas en la mente y en la boca de la persona. Sus pláticas y pensamientos no son bienvenidos, el pesimismo que lo embarga sólo hace que cada día mi decepción se acreciente sobre él.
Ese viejo de ayer siempre me pregunta cómo estoy, que constantemente me dice que se enorgullece de mí, y que me admira, incluso se aventura a mencionarme que en una vida llena de errores, mi persona se constituye como uno de sus contados aciertos. Me gustaría decirle lo mismo, de que me enorgullece su esfuerzo y sacrificio por salir adelante a pesar de que la realidad indica lo contrario. Lamentablemente mi corazón no siente más que una sensación de tristeza por su pesimismo, y por lo tanto no hago más que darle un vacío y superficial gracias.
Ya no recuerdo la última vez que besé a ese viejo de ayer, al igual que no recuerdo la última vez que de mis labios broto un TE QUIERO PAPA.
Cada noche, ese viejo de ayer llega cansado de trabajar, abre la puerta de su casa a sabiendas de que ya no es un hogar, encontrando la indiferencia de su esposa y la amargura por su presencia de su único hijo. Él sabe que en el fondo merece tal trato, pues el cariño que existió hace años se fue perdiendo por causa de sus errores, de sus amarguras y de su mismo egoísmo.
Al entrar a su casa, ese viejo de ayer saluda tímidamente sin esperar cariño, sólo atina a intentar escuchar alguna respuesta a su saludo. Sus piernas le duelen de tanto caminar, llevando un profundo peso encima, tanto por los productos que tiene que transportar para vender, así como las preocupaciones con las que tiene que lidiar. Ese viejo de ayer desea morir, desea ya no tener que sufrir más, pero al mismo tiempo quiere ver a su hijo triunfar, considera que uno de sus más grandes aciertos en esta vida fue traerlo al mundo. Día a día se levanta de la cama para verlo salir rumbo a la universidad deseándole éxitos, esperando que en la noche puedan conversar sobre lo que ha logrado.
Todas de las mañanas salgo presuroso a la universidad, esperando que me vaya de la mejor manera, me despido de mi mamá dándole un beso en la frente, y al abrir la puerta respondo el saludo de ese viejo de ayer que me desea éxitos. Cierro la puerta sin titubear ni mirar atrás, pensando sólo en alcanzar el bus que a lo lejos se va.
Siempre les digo a mis amigos que la relación con ese viejo de ayer no es buena, pero no soy capaz de decirle a él que no soporto su presencia, y que por el contrario me perturba. Soy un cobarde que tiene miedo a expresarse a matarlo fulminantemente con mis palabras, a convertirme en el verdugo que ponga fin a sus sufrimientos y que de una vez por todas cumpla con su deseo de morir.
Y porque la literatura permite crear un mundo paralelo al de la realidad, en el cual ésta se mezcla con la mentira creando expectativa en el lector, quién no sabe al final qué es mentira y qué es verdad. Porque es lo maravilloso de acto de escribir, desahogar lo que uno siente de diversas maneras, maquillando el odio y ocultando bajo un velo la felicidad.
Cuando uno siente tanta rabia e impotencia es difícil guardar silencio. Cuando uno llega odiar a quien te da la vida, esta misma no tiene sentido.
Y cuando la vida no tiene sentido cabe preguntarse el porqué tuvo que ser así..
Ese viejo de ayer, que hoy sobrepasa los sesenta años, me dio la vida hace dieciocho. Sin presagiarlo me trajo al mundo, dándome la oportunidad de vivir, de crecer, de sentir cariño, y principalmente de sentirme importante. Cumplió cada uno de los tantos caprichos que un niño pueda tener: juguetes, ropa, un hogar, un detalle con cada regreso a casa y un beso al acostarme en las noches. Lamentablemente nunca pudimos compartir una tarde de juegos, pues desde que tengo uso de razón el ya sufría del corazón, lo cual le impedía realizar esfuerzos físicos, pero a pesar de ello no le importaba pararse y verme a lo lejos jugar y darme una sonrisa que me hacía continuar hasta cansarme pidiéndole por favor que me pueda cargar e ir casa. Una sonrisa tímida y el brilló en su pelada me hacían reconocerlo a lo lejos cada tarde que esperaba su regreso, seguidamente de su llamado con voz llena de ánimo que me decía: Pájaro loco, ¿qué tal te ha ido?
(….)
Sin embargo, ese viejo de ayer nunca pudo ser mi héroe, nunca pudo ser motivo por el cual me sintiera orgulloso, y por el contrario los momentos que más recuerdo junto a él, son solo una sinfonía perteneciente a la marcha más fúnebre. Sino, cómo olvidar la tarjeta de cumpleaños que rompí en su delante por motivos que ahora no recuerdo; o también cómo olvidar la nota que le escribí “maldiciendo” a su equipo de fútbol cuando este el ganó al mío; o por citar algún otro ejemplo cómo olvidar mi llanto y recriminación por la cicatriz que tengo en mi rostro, al ser en parte el causante de ello al no tener un área de trabajo adecuada dónde trabajar.
Es injusto reclamar por circunstancias superficiales, o por accidentes del destino que no tienen culpables, pero cómo evitar el rencor, y encapsular todos esos malos recuerdos cuando en el día a día las asperezas con ese viejo de ayer salen a flote y no hacen más que incrementar la cólera que pueda sentir hacia él. Pero también cómo poder ser indiferente ante la partida de los padres de mis amigos, de las personas que me rodean, quienes sufren ante su partida, y lamentan el no poder estar más tiempo con ellos. ¿Es acaso que la indiferencia puede calar tanto en una persona al punto de no sentir remordimiento ante lo que le invade?
Cómo lamento hoy ver a ese viejo de ayer tan derrotado, tan envejecido en sus decepciones, en sus emociones cargadas de ira en contra de la vida. Cómo lamento no tener esa guía que muchos tienen, pero a la vez cómo puedo dejar de agradecerle a la vida por mostrarme un ejemplo que me enseñe cómo no ser en el futuro.
Todos los días ese viejo de ayer toca mi puerta, y sin esperar mi respuesta se adentra en mi habitación, postra su mirada en donde me encuentre e intenta darme un beso y un abrazo. Cada vez que ese viejo de ayer se adentra en mi habitación mi mirada se ensaña contra él, su voz perturba cada órgano de mi cuerpo y causa un fastidio en la atmósfera. No vale la pena preguntar como le fue, ya que la respuesta será siempre la misma: nada hijo, el día estuvo mal. Para qué valen las preguntas si las respuestas ya están prescritas en la mente y en la boca de la persona. Sus pláticas y pensamientos no son bienvenidos, el pesimismo que lo embarga sólo hace que cada día mi decepción se acreciente sobre él.
Ese viejo de ayer siempre me pregunta cómo estoy, que constantemente me dice que se enorgullece de mí, y que me admira, incluso se aventura a mencionarme que en una vida llena de errores, mi persona se constituye como uno de sus contados aciertos. Me gustaría decirle lo mismo, de que me enorgullece su esfuerzo y sacrificio por salir adelante a pesar de que la realidad indica lo contrario. Lamentablemente mi corazón no siente más que una sensación de tristeza por su pesimismo, y por lo tanto no hago más que darle un vacío y superficial gracias.
Ya no recuerdo la última vez que besé a ese viejo de ayer, al igual que no recuerdo la última vez que de mis labios broto un TE QUIERO PAPA.
Cada noche, ese viejo de ayer llega cansado de trabajar, abre la puerta de su casa a sabiendas de que ya no es un hogar, encontrando la indiferencia de su esposa y la amargura por su presencia de su único hijo. Él sabe que en el fondo merece tal trato, pues el cariño que existió hace años se fue perdiendo por causa de sus errores, de sus amarguras y de su mismo egoísmo.
Al entrar a su casa, ese viejo de ayer saluda tímidamente sin esperar cariño, sólo atina a intentar escuchar alguna respuesta a su saludo. Sus piernas le duelen de tanto caminar, llevando un profundo peso encima, tanto por los productos que tiene que transportar para vender, así como las preocupaciones con las que tiene que lidiar. Ese viejo de ayer desea morir, desea ya no tener que sufrir más, pero al mismo tiempo quiere ver a su hijo triunfar, considera que uno de sus más grandes aciertos en esta vida fue traerlo al mundo. Día a día se levanta de la cama para verlo salir rumbo a la universidad deseándole éxitos, esperando que en la noche puedan conversar sobre lo que ha logrado.
Todas de las mañanas salgo presuroso a la universidad, esperando que me vaya de la mejor manera, me despido de mi mamá dándole un beso en la frente, y al abrir la puerta respondo el saludo de ese viejo de ayer que me desea éxitos. Cierro la puerta sin titubear ni mirar atrás, pensando sólo en alcanzar el bus que a lo lejos se va.
Siempre les digo a mis amigos que la relación con ese viejo de ayer no es buena, pero no soy capaz de decirle a él que no soporto su presencia, y que por el contrario me perturba. Soy un cobarde que tiene miedo a expresarse a matarlo fulminantemente con mis palabras, a convertirme en el verdugo que ponga fin a sus sufrimientos y que de una vez por todas cumpla con su deseo de morir.
