Retumba una y otra vez. Aprisionado en un catre, mi cuerpo
no se mueve, pero el miserable sigue latiendo y mis oídos retumban al ritmo de
un tambor que acompaña una batalla que no avizora final. Es lo mismo cada
noche. Cada noche, cae el sol y me encuentro solo ante un ejército de miedos
sin rostros. No tienen procedencia, son parias que han hecho de mí su nación,
una tierra de nadie que ahora les pertenece y no están dispuestos a desalojar.
Cada noche es lo mismo, mi corazón se vuelve un instrumento para anunciar su
llegada al anochecer. Ríos de sudor brotan a lo largo de mi cuerpo hasta
inundarme de pavores. Me quedo quieto contemplando cómo la locura me ciega. No
puedo gritar.
Y el ritmo se acelera al mismo tiempo que los latidos de mi
corazón. Va a estallar. Listo, moriré
esta misma noche. Pero no. Todavía sigo siendo testigo de una muerte que viene
acelerada pero es paciente para darme el tiro de gracia. Le divierte tenerme en
suspenso, sin saber qué pasará más adelante.
Los ríos aumentan su caudal. Me encuentro sumergido y sigo
un curso incierto. Mi cuerpo intenta escapar pero mi mente se resiste. Es
menester que siga entornillado al catre que me sostiene. Mi cuerpo reposa en el
colchón, que se convierte al mismo tiempo en tumba.
Escucho a la sangre correr entre mis venas, escucho a mi
pensamiento, escucho al niño dentro de mí que quiere que llegue mamá, escucho a
la locura que me indica que estoy orate, escucho a la cordura que me señala que
todo pasará.
Es masoquismo. La adrenalina corre por mis venas y deseo que
termine de explotar mi corazón: Pum, pum, pum. Un silencio incómodo nuevamente.
Los minutos transcurren pero sigo estando en silencio, tendido en medio de una
oscuridad. El calor me achicharra, pero hay un frío que me hace desear arroparme
y sentirme seguro.
A la derecha, a la izquierda, boca arriba, boca abajo. El
miedo permanece. Cierro los ojos, invoco a Dios. Los abro de nuevo ¿dónde
estoy? ¿Ya he muerto? No, todavía no. El miedo me levanta, camino sin sentido.
Estoy empapado. Quiero correr aunque corra el riesgo de explotar. Respiro
aceleradamente. Es imposible que me calme.
Me tomo un ansiolítico esperando que sea un placebo que
alivie esta angustia. Quiero que llegue mañana, aunque solo será un alargue de
lo que vendrá cuando llegue (otra vez) la noche.
Pum, pum, pum. Ha empezado otra vez.
