Azucar sin Sal

Azucar sin Sal

martes, 3 de enero de 2012

deorum



“Dormían y soñaban que la vida era bella. De pronto,  despertaron y advirtieron que la vida no era más que un deber que se debía cumplir”.

Indefensos en el mundo, los hombres se encuentran solitarios en medio de recónditos parajes. Desde Jericó hasta Tierra del Fuego, hordas de individuos multiplican su especie al mismo tiempo que crean razas en base a diferencias imperceptibles a los sentidos. Lejos de la mirada de dioses protectores o de divinidades clementes, ahora, aquellos mortales de carne y hueso, aquellos mortales con más defectos que virtudes, con menos virtudes que defectos, dominan una tierra mundana que es de todos y a la vez de nadie.
Bajo un cielo de matices grises en los cuales la vida no florece, confundidos seres alzan sus rostros en busca de una guía en medio de tanto desconcierto. Están allí, rodeados de individuos semejantes, pero que al verlos resultan totalmente disímiles  a ellos. Están allí, confundidos sin saber qué hacer o qué pensar. Pero sin saberlo, buscan respuestas a preguntas que todavía no se han formulado. Están allí, vacíos pero a la vez a la espera de ser llenados por un cúmulo de virtudes que a la larga serán males, y males que a la larga se convertirán en bendiciones.

Mientras ríos y mares de sangre bañan una tierra infértil,  los hombres dan rienda suelta a su fuerza, en desmedro del conocimiento. Dándose cuenta del valor de su cuerpo, miles de manos de elevan al cielo queriéndolo rozar. Las piernas de cada hombre retumban un suelo que se estremece y despierta.

El silencio da paso a un concierto de voces que lanzan llamadas de auxilio.  Los hombres han despertado, se han puesto de pie, y observan maquiavélicamente a su alrededor. Ahora todos son profetas de una palabra vacía que carece de sentido debido a que cada persona interpreta una lengua resultante de Babel. Así, sin entenderse, los hombres recorren taciturnos su nuevo mundo, mientras patentan la naturaleza que los rodea y terminan por posicionarse en la cima de un cúmulo de criaturas.

Tras cada paso, decenas de individuos asumen el papel de conquistadores, otros tantos se ufanan de tener el don de la equidad y se proclaman protectores de la justicia, mientras que el resto de los mortales,  se ponen los trajes de siervos o de ovejas según su propia conveniencia y se convierten  en un rebaño que solo obedece.

Así, conformada la humanidad, Persia se ha erguido, Atenas se ha levantado, todos los caminos se construyeron teniendo de centro  a  Roma, los Mayas señalaron un inicio y fin, y hoy en día tenemos el mundo que  vemos.  Los más poderosos inscribieron su nombre en el firmamento, al mismo tiempo que los menos favorecidos cayeron víctimas de guerras sin ganadores, formando una cantidad incontable de muros de restos humanos que se levantan en el horizonte, dando forma a un nuevo paisaje lleno de fronteras, donde dentro de las mismas,  fieros asesinos se apoderaron del poder  creando la verdad, maquillaron la justicia y dieron sentido a la consigna: matar para vivir.
La llamada vida creció y se desarrolló en medio de batallas entre iguales que son cada vez más desiguales, donde cientos de réplicas de  Juan López y John Ward, perecieron en el sinsentido de una civilización que nació y se formó en el error.  Sin embargo, lejos de enmendarse, continúa pariendo personas que son víctimas de sus propios hermanos. Soldados anónimos continúan pereciendo en los caminos que luego son recorridos por generales glorificados por batallas sin ganadores, todo en aras de una paz que es concebida por el aniquilamiento del otro.

 Los llantos de los niños fueron suplantados por cánticos de guerra, fomentados por maestros que enseñan el arte del matar. Por otro lado, los rocíos de la mañana, los cánticos de los grillos al alba, la vitalidad de los lirios y el color de las higueras, se venden en medio de las plazas, que a la vez albergan cada una un silo en honor al ser supremo que ha caído en desgracia.


¡Se ha ido! ¡Se ha ido! Y ahora solo quedan mortales que juegan a ser creadores de un mundo en oscuridad.

¡Llegó la buena nueva! Hombres hambrientos de nada: Nadie curará sus heridas, nadie responderá sus preguntas. No hay esperanza, no hay futuro. Lo único que tienen en sus vidas es un presente incierto producto de su misma naturaleza.

Los herejes cantan a los cielos vacíos que se tiñen de rojo al mismo tiempo que los santos recorren las profundidades de un infierno palpitante. Mientras tanto, en el nuevo mundo sus moradores viven sin saber que todos ya se encuentran muertos. 



Fotografía: Luciana Gonzalez- Polar