Se levanta, abre los ojos y la contempla.
Su miembro se erecta apuntándola, cual cañón que visualiza a un indefenso autóctono durante la conquista de un Imperio. Sus poros empiezan a brotar sudor, creando una infinidad de ríos y cauces, que bañan su pálida piel. Su cuerpo yace en el piso y toda su persona, o lo que queda de ella, se encuentra a merced de su musa, de su Diosa, de su deidad omnipotente.
Se encuentra perplejo, sin saber qué decir o hacer. La presencia de aquella mujer lo tomó desprevenido. Hubiera preferido ver a la misma muerte antes que volver a encontrar a quien lo hizo vivir plenamente.
Sus sentidos vuelven a erguirse, cual kamikazes en el lejano Oriente. Su mente ha dejado escapar a la razón, y tras cada segundo que transcurre, la desesperación empieza a atraparlo. Balbucea frases sin sentido e intenta esbozar una sonrisa pese a la dificultad de no saber cómo hacerla. Sus manos comienzan a temblar, no puede dejar de mirar a su alrededor, tratando de escapar de la dura y fija mirada que lo sigue desde el cielo.
Su corazón ha estallado, y los miles de pedazos que se encuentran dentro de su cuerpo han comenzado a vibrar sin control. Son miles de estallidos, y millones las vibraciones que dan inicio a un ciclo que se hace eterno. No logra reaccionar, ni consigue encontrar un auxilio en medio del miedo, la desolación y del amor que siente. Un amor que es no correspondido, pero que ha vuelto para terminar de cobrarse un saldo pendiente. Marzo fue testigo del fin, Abril, Mayo, Junio, y todo el batallón no sirvieron para cicatrizar la herida. Ahora en Enero, aquel hombre descubre el significado de la palabra venganza.
Y ella bajó silenciando la atmósfera. Los astros descendieron formando un camino exclusivo para sus delicados pies, mientras los cánticos de todos los mortales la recibían en medio de la lluvia, el fuego de los volcanes y la danza de los mares y océanos.
Vistiendo un largo vestido blanco decorado por cientos de estrellas nacientes, la majestuosa mujer paseaba su mirada sobre las multitudes agolpadas en los caminos que se dirigían hacía el bosque de higueras.
Sus finos rasgos faciales hacían juego con su delgado cuerpo. Su piel acaramelada poseía lunares que sólo la dotaban de una mayor sensualidad. De igual modo, sus largos cabellos color azabache, como el manto que cubría la tierra de noche, le daban un aire de misterio.
En medio de los canticos de alabanza, y el ruido ensordecedor de la naturaleza, un grito se hizo oír. La necesidad de aquel pobre hombre por culminar con aquel espectáculo pudo más que su miedo y resignación al amor de aquella mujer.
- Tu cuerpo se niega a recibir mis caricias y se aleja delicadamente al ritmo de las melodías que nos acompañaron en el tramo final hacia el bosque de las higueras. Has descendido a este mundo y vuelves a condenarme con tu presencia. Has vuelto a encender mis sentidos, sin considerar que incineran lentamente mi persona. Nuevamente te veo, me doy cuenta que existes a pesar que me empecinara por negar tu existencia.
No importan las noches en las cuales me perdí tratando de unir tus recuerdos en un instante que se asemejara a la vida. No importa que no encontrara tu voz en medio del ruido ensordecedor que acompañaba mi transitar por la periferia del bosque de las higueras. Todo eso no importa.
El tiempo no pasa rápido como dicen algunos que no son pocos, muy por el contrario, bajo una óptica de desconcierto, los minutos y las horas se estancan en medio del espectáculo de la miseria. Los llantos, gritos, berrinches, peleas, son los protagonistas encargados de entretener al tiempo, que no es una medida como piensan el grueso de humanos, sino que es un ser que siente y razona. El tiempo se venga, se esfuma, se transforma según su conveniencia.
No obstante, ahora veo necesario tener que dejarte, me veo en la obligación de conciliarme con ese ser tan complejo (el tiempo) para salir con la frente en alto. Mis minutos se acabaron, y no hay prórroga que valga. No hay actos posteriores tras una sentencia que indolente o placentera que para mí ya está dada.
No, no, no, ahora ya existe desagrado, por el contrario, soy capaz de verte de nuevo cara a cara, bajarte de los cielos y tener contacto contigo. Ya no me importan tus negativas, tus gestos o los mil miedos que me puedas proyectar. No me importan las consecuencias porque tengo una nueva dirección, un nuevo pensamiento que escapa de mi mente y de mi corazón. Es una proyección que abarca el ancho del cielo y lo ilumina como tú lo hacías tiempo atrás. Ahora puedo volver a correr, y cuando la tierra se acabe podré abrir mis alas para continuar luchando en busca de la felicidad que se ha vuelvo a presentar. Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos.
Fotografía: Luciana Gonzalez - Polar
