Azucar sin Sal

Azucar sin Sal

jueves, 19 de mayo de 2011

125 botellas





Con brandy escribí la noche pasada. Pasada la noche con brandi escribí. Escribí pasada la noche, botando tres papeles, papeles perdidos en el tiempo, perdidos en medio de los sentimientos que no sentía, perdidos en el lugar que nunca pisé, perdidos entre el aroma de tabaco y placer. Placer es lo que busco a cada minuto, siento que me hace falta aunque no lo quiera admitir. Tengo que admitir que estoy necesitado de amor. Un amor que deseo cada noche, como cuando escribí con brandy la noche pasada. Pasada la noche me di cuenta que todavía sigo pensando en ti. En ti maldita primavera, que dejando impregnado el ambiente con olor de margaritas y claveles, evocaste mis recuerdos junto a ella. Ella se llamaba mi chica, una chica como ninguna. Chica es la cajetilla de cigarros que yace vacía junto a la máquina de escribir. Escribir no es un arte que se cultiva con el paso de los años, sino una necesidad que crece con el paso de los calendarios. Calendarios más, días menos: la vida es un chiste con triste final.

Final de película el que tenemos hoy: cien ensayos sobre la ceguera y otros males para mañana a primera hora. Horas son las que le faltan a este arlequín, que se mueve al son de tambores y acordeones. Las cuatro paredes me susurran al oído, me piden gritar de dolor, me piden gozar de placer, me piden morir para comenzar a vivir plenamente. La habitación no podría estar más cargada de humor, y no con referencia al olor hediondo de la persona, sino de la gracia que inspira esta escena: un frustrado escritor que juega al papel de periodista que a la vez se enfrasca, en investigaciones dignas de un médico que bien podría ser Cayetano Heredia.

El cuarto está con las luces apagadas, posiblemente por la huelga de dos focos de 25 watts; con la puerta destartalada, alojando una familia de ciento veinticinco polillas; con las paredes bañadas de palabras, palabras con fino acento extranjero; y el piso bañado de la sangre y el sudor de quien yace delante de una máquina escribir que hace de todo menos hablar.

A un lado está el basurero, hambriento de más papel con el cual reflexionar y tal vez llorar; al otro una anónima compañía de la cual sólo contemplo las mano, unas manos que me recuerdan lo hermosa de mi profesión: la de ser un escritor.

Con whisky escribiré el día de mañana, que bien podría ser pasado mañana, si mañana no despierto presa de los descalabros físicos que me producirá Morfeo. Morfeo es mi segundo nombre que me fue puesto en honor a mi padre, un padre que hoy está ausente, ausente como las ideas que escasean esta noche plagada de rayos sin centellas. Centellas que quiero ver con un whisky de por medio. Medio frasco es lo que me queda, lo cual es insuficiente para terminar el trabajo de esta noche, una noche que se hace larga como esta espera que desespera en búsqueda de una inspiración que no llega. Llega por favor bendita diosa que me tienes intrigado, atemorizado, conmovido, desconsolado, pisoteado, enamorado y todo el calificativo que tú quieras.

1 comentario:

  1. Hola! Me gusto este post, y he sentido esa sensación, ese momento incomodo/desesperante en el que las ideas no fluyen

    ResponderEliminar