Silencio.
De puntillas, con sus suaves y pulcras ballerinas, ella entró acariciando a los respetados
tabladillos que hacían fila, uno detrás de otro, para sentir su presencia. En
todos sus años, estas longevas maderas de caoba y ébano, no habían tenido la oportunidad de recibir y
confortar a tan bella mortal, que se deslizaba por el espacio con tal armonía
que obligaba al tiempo a detenerse para evitar perderse un solo instante de su
gracia.
De pie.
Dentro de un armónico silencio, sus piernas comenzaron a
tomar velocidad al mismo tiempo que sus largos brazos se extendían tratando de
alcanzar a un imperceptible acompañante. Con la mirada fija en un punto
indeterminado en el vacío, ella exhibía una determinación inigualable para un
soldado espartano. La fuerza y elegancia
de sus movimientos marcaban cada uno de sus músculos, estilizando aún más su
figura. El sudor que brotaba por sus poros se asemejaba al roció de una mañana
de octubre en Lima, dándole un brillo solo semejante con la luna llena.
Contemplación.
No veía sus alas pero su cuerpo se elevaba y alcanzaba a los
cielos, que se descubrían para contemplarla. La noche la arropó y le dio un traje elegante
que fue captado por los flashes de las estrellas, que cubrieron su espectáculo
ante mi atenta mirada.
Silencio.
Su vuelo se interrumpe y cae lentamente como una pluma, una
pluma que esconde su procedencia y se transmuta: es fuego, es niebla, es hielo,
es ella. Cae y acaricia a los tabladillos, los mismos que se congracian por el
honor del cual son objeto.
De pie.
Se levanta, se esconde en sí misma para volverse a
descubrir. Ella disfruta darle vida a cada extensión de su cuerpo, por eso sus
manos se alzan y sus pies las acompañan. Sus pechos se inflan y se prestar a
amortiguar una posible caída. Ha vuelto a volar, dejándose suspender por una
suave brisa, la misma que trae consigo su aroma, un aroma que eriza los vellos
de mis brazos, los cuales no creen que las maravillas están al roce de su mano.
Silencio.
Le gusta sentirse sola, poco afligida y taciturna porque
después la compañía suele ser más deliciosa y gratificante que en los otros
casos. Así, danza para sentirse liberada en cuerpo y alma. Es una danza de dolor
ciego, silencioso, imperceptible. Sus
dedos, su pelo, su cuerpo, mi cuerpo, se convergen en un caos que explota, muta
en mis pupilas y me lleva a la eternidad. Con un vago recuero de su obra,
vuelvo a la mía: entro al teatro, me pongo el traje que me corresponde y
recorro los mismos tabladillos que la acogieron a ella, espero a que se levante
el telón y…
Fotografía: Luciana Gonzales-Polar

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