Azucar sin Sal

Azucar sin Sal

sábado, 10 de abril de 2010

Brindemos


Embriaguémonos en la felicidad que significa perdernos en este jolgorio que celebra nuestra partida. Brindemos por el nuevo trayecto que cada uno de los presentes ha decidido trazar, recordando claro está a los amigos con quienes compartimos este momento, a quienes no están más, a nuestras familias, y a todas las mujeres que nos hicieron trascender más allá de una mañana en la cama, una tarde contemplando el atardecer, o una noche en la cual no quisimos ser ajenos al amor.


En esta noche de copas rotas, de canciones sin letra alguna y melodías inciertas, situados todos entorno a esta mesa, nos miramos por última vez como jóvenes ilusos que contemplan una larga vida, y que ahora se ven en la obligación de dar paso a una mirada difusa que contemplará a un grupo de adultos obtusos, pecadores y desorientados frente a la vida. La mayoría de los presentes nos hemos visto en los últimos meses enclaustrados a trabajos, atados a las nuevas responsabilidades que han ido apareciendo periódicamente en nuestra vida. De igual forma, nuestras múltiples ocupaciones no han ido más que moldeando nuestro nuevo Yo, que por cierto es totalmente ajeno al Yo de antaño, a ese Yo que conocimos, y del cual nos sentimos nostálgicos al contemplar al nuevo.


Tampoco somos ajenos al tema del amor, ese amor que ha pasado de ser una aventura de un par de meses antes de volver a comenzar de cero. Ese amor ha pasado de ser el deseo por más de una mujer a la valoración de una en particular. Justamente esa única mujer se ha convertido en la única compañera de nuestro diario, ha pasado a ser nuestro primer pensamiento en la mañana, y la última palabra antes de finalizar la noche. El tiempo se ha venido a menos, las horas se esfuman al igual que nuestras amistades. Ahora aparecen los nuevos compañeros de turno, los del instituto, los de la universidad, quizá los de la parrando si tenemos suerte de contar con algunos días de descanso.


De pronto estamos acá, sin nada que agregarle a lo que hemos hecho de nuestras vidas. No hubo un pretexto para vernos, ya que es probable que hayamos atendido a la necesidad de cumplir con la obligación de despedir tantos años de amistad con una noche de copas rotas, escuchando como un pianista toca sin sus manos un piano al que le faltan las teclas. No importa cual fuera el día ni el lugar, aquí estamos todos reunidos por última vez, no porque se acabe el mundo sino porque entramos a la madurez, a la etapa en la cual abandonamos nuestros sueños, nuestras ilusiones, nuestras verdaderas amistades.


Le pedí a Luciana que por favor enmarcara el momento tomando una fotografía a blanco y negro, pero lamentablemente nunca respondió. Es entonces cuando todos al mismo tiempo se apartaron de la silla y poniéndose lentamente de pie contemplaron por última vez la oscuridad de la noche, escucharon el eco de nuestras voces infantiles, vieron reflejado en la inmensidad del cielo nuestros momentos de gloria y decepción. No hubo fotografía y menos una despedida. La puerta se abrió de golpe y uno a uno fue desfilando por el umbral de la puerta. Es en ese momento, donde descubrí que quienes me acompañaron en la mejor etapa de mi vida, iban dando paso a una nueva etapa de mi vida, al mismo tiempo que el pianista terminaba de tocar las últimas melodías del día.


Si bien el año nuevo empezaba, un ciclo daba las señales del fin de su existencia. Dentro de poco ni los recuerdos sobrevivirán, y mucho menos habrá quien rememore lo vivido. Lo que sucede no es una despedida, tan solo la continuación del ciclo de la vida que nos obliga a brindar con resignación o felicidad los cambios que se dan en medio del día, o en mitad de la noche, cambios que quisiéramos que se den imperceptiblemente, pero que sólo unos cuantos tienen la dicha de que suceda en verdad.

Fotografía: Luciana González Polar ( La Garota Sexy de la UPC)

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