Azucar sin Sal

Azucar sin Sal

miércoles, 6 de marzo de 2013

Chocolates




Sé que no te gustan. Nunca lo entendí.

En ocasiones quise regalártelos como presente para que experimentaras la delicia del cacao. Que pudieras jugar con ellos en tu boca y que utilizaras su suave cobertura como labial. Soñaba con que pudieras besarme dulcemente y que el aroma nos invitara a seguir amándonos.

No importa, nunca es tarde para probar unos. Y menos para darlos como detalle (aunque sean un pedido expreso).

Los hay de coco, rellenos de manjar, de fresa o trufa. Los hay amargos, como la vida misma¸ extremadamente dulces, como tus recuerdos; con licor, acaso para olvidar la penas; con sorpresas, para que no nos olvidemos que nada está dicho. En fin, chocolates hay en grandes cantidades, de distintas envolturas, precios, tamaños, colores, sabores, pero solo habrá unos chocolates que provenga de ti.

No me importa su sabor, sé que no recuerdas a qué saben. Comprendo que se te sea difícil decidir cuál escoger. Estás con prisa, la tormenta ya termina y te hice el pedido a última hora. En la tienda del aeropuerto no hay muchas variedades. Quizá exista una larga cola. Igual, solo te pido un minuto para que puedas separar uno de aparador. Compra el más barato si deseas. Igual me alegrará que me lo des.

No te olvides de ellos por favor. Es un buen motivo para volverte a ver. No es necesario que me hables. Sólo tiene que extender tu mano y alcanzarme los chocolates, ellos harán el resto. Endulzarán el momento, en caso fuera amargo. También puede que me recuerden que hasta lo más dulce tiene su pisca amarga y no volaré por las nubes.

Sé que nunca te gustaron. Nunca lo entendí.

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