Sé que no te gustan. Nunca lo entendí.
En ocasiones quise regalártelos como presente para que
experimentaras la delicia del cacao. Que pudieras jugar con ellos en tu boca y
que utilizaras su suave cobertura como labial. Soñaba con que pudieras besarme
dulcemente y que el aroma nos invitara a seguir amándonos.
No importa, nunca es tarde para probar unos. Y menos para
darlos como detalle (aunque sean un pedido expreso).
Los hay de coco, rellenos de manjar, de fresa o trufa. Los
hay amargos, como la vida misma¸ extremadamente dulces, como tus recuerdos; con
licor, acaso para olvidar la penas; con sorpresas, para que no nos olvidemos
que nada está dicho. En fin, chocolates hay en grandes cantidades, de distintas
envolturas, precios, tamaños, colores, sabores, pero solo habrá unos chocolates
que provenga de ti.
No me importa su sabor, sé que no recuerdas a qué saben.
Comprendo que se te sea difícil decidir cuál escoger. Estás con prisa, la
tormenta ya termina y te hice el pedido a última hora. En la tienda del
aeropuerto no hay muchas variedades. Quizá exista una larga cola. Igual, solo
te pido un minuto para que puedas separar uno de aparador. Compra el más barato
si deseas. Igual me alegrará que me lo des.
No te olvides de ellos por favor. Es un buen motivo para
volverte a ver. No es necesario que me hables. Sólo tiene que extender tu mano
y alcanzarme los chocolates, ellos harán el resto. Endulzarán el momento, en
caso fuera amargo. También puede que me recuerden que hasta lo más dulce tiene
su pisca amarga y no volaré por las nubes.
Sé que nunca te gustaron. Nunca lo entendí.

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