Azucar sin Sal

Azucar sin Sal

miércoles, 13 de marzo de 2013

El hombre que no podía dejar de soñar




Ves cosas y dices, "¿Por qué?" Pero yo sueño cosas que nunca fueron y digo, "¿Por qué no?".



Tendido en medio de dunas que se desvanecen en su catre, intenta despertarse. Se encuentra cansado de abrir unos ojos con los que no puede más. No importa si está con diurno o con nocturno: los sueños siguen allí.

Los párrafos salen de memoria, aunque cambien los actores y las situaciones. El desenlace es el mismo: él se lleva todo el protagonismo.  Es reiterativo y monótono. Aún de saco y corbata o desnudo como Adán, se muestra siempre de la misma manera. No importa si es mortal o inmortal. Qué más da si tiene a Vera o Lucía. Si está en Baires o Madrid. Nada de lo que acontece es real, excepto que sea leal a este sueño que no es placentero. Es la misma calle, la misma cama, el mismo lugar. Es una historia con misma naturaleza.

Intentó huir de su miseria, de su descontento, de seguir jugándole a la vida con la misma mano de cartas. Intentó cambiar de aires, de viajar más allá de lo que podía caminar. Intentó soñar con algo mejor. Intentó… intenta ahora despertar, despabilarse de un estado de anacronismo.

No sabe quién es ni dónde se encuentra parado. Su presente no existe y ya olvidó su pasado. Lamenta haberse acostado y empezar un sueño sin final.   Se dice a sí mismo que es un cobarde por huir de una existencia mísera pero que podía modificar. Ahora confinado en una irrealidad inalterable, maldice las repeticiones que le toca afrontar.

Sí, se queda con Vera, otras veces con Lucía. Se está cómodo en París, en Brujas o Madrid. Es escritor, alquimista, curador de amores, y arquitecto de pasiones. Es lo quiere ser aunque en el fondo quiera dejarlos de ejercer. Es omnipotente y divino por más que deteste adorarse a sí mismo.

Es él, aunque deteste serlo. Sueña pero quiere despertar. Despierta pero sabe que sigue 
soñando.





Crédito de la foto: Renzo Babilonia

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